Ver para creer

Hola de nuevo!

Después de unos días en Extremadura ya tenía ganas de volver a escribiros. Espero que hayáis pasado unas buenas fiestas, ya echaba de menos dedicaros un ratito! Por mi parte, contaros que he pasado en Badajoz unos días muy tranquilos, disfrutando de estos días navideños con una parte de mi familia.

Esta vez no voy a hablaros del lugar en que he pasado los últimos días, ya que lo he hecho anteriormente, pero sí quiero compartir aquí una historia que no me ha dejado indiferente. En mi viaje de vuelta a Barcelona compartí diez de las quince horas de trayecto con una señora de sesenta años procedente de Badajoz y lo cierto es que el haberla conocido me ha conmovido sobremanera.

Esta señora vive sola, se operó hace tres años de la cadera y lleva una prótesis que le ha permitido volver a caminar y llevar una vida más o menos independiente. El motivo de su viaje era visitar a su hija, de 39 años, residente en Zaragoza. Su hija emigró de Extremadura nueve años atrás y en todo ese tiempo tan sólo ha visitado a su madre una vez, cuando operaron a esta última.

Resultaba conmovedor ver como mi acompañante de viaje esperaba anhelante su llegada a la capital aragonesa para abrazar de nuevo a su hija y compartir unos días con ella, dispuesta a aguantar diez horas de viaje con un dolor en la pierna bastante desagradable, según sus palabras y la expresión de su cara. A todo esto comentar que su hija se encuentra perfectamente de salud.

Poco antes de llegar a Zaragoza, sobre las doce y media de la noche yo me había quedado dormida y esta mujer me despertó para preguntarme cuánto quedaba para su destino. Estaba muy emocionada y deseaba tremendamente abrazar a su hija cuanto antes, su ilusión era más que evidente.

Después de esto, me quedé despierta hasta llegar a la capital aragonesa para poder ayudar a la señora a descargar su equipaje, aunque su hija venía a recogerla. Al llegar a Zaragoza, cual fue mi sorpresa al ver toda ausencia de emoción en la cara de esa señorita al ver a su madre, ya es fuerte que la señora tuviera que pedirle un triste beso y un abrazo. Increíble, vamos.

Como os podéis imaginar, la hija de la señora ni se dignó a darme las gracias por ayudar a su madre a bajar su equipaje. Tampoco lo esperaba ni lo necesitaba, pero digo yo que es lo mínimo, ¿no? Os puedo asegurar que, ante semejante frialdad al recibir a su madre después de un largo viaje, me pinchan y no me sacan sangre.

La cara que se le quedó a la señora fue un verdadero poema y yo, indispuesta a seguir viendo nada más, me di media vuelta y subí de nuevo al autocar por el mismo camino por el que había bajado de él. Pero mi estado de ánimo no era el mismo, presenciar una situación así me había dejado literalmente muda, triste y desengañada, más que nada por la mujer con la que había compartido parte de mi viaje.

Me resulta increíble que tenga que ser la señora, que lleva una prótesis implantada desde hace sólo tres años, quien tenga que moverse para ver a su hija, una señorita que se encuentra bien en salud y que vive en Zaragoza, no en Australia. Quizá penséis que este asunto no tiene que afectarme en absoluto y seguramente tendréis razón, pero perdonadme, no soy capaz de quedarme indiferente ante tal escena.

Me gustaría deciros que esta historia es una inocentada y que me he inventado cada una de las palabras que acabo de escribir, pero lamento enormemente no poder hacer esa afirmación. Porque lo que yo presencié la noche del pasado no debería dejar a nadie indiferente, en mi opinión, y por ello quería expresar aquí lo que vi y sentí.

Lo que da de sí un viaje en autobús...
Lo que da de sí un viaje en autobús…

Un abrazo para tod@s,

Ali

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