AQUÍ NO PUEDE BAJARSE, SEÑORA

Parada de autobús de Salardú, Lérida (julio 2014)
Parada de autobús de Salardú, Lérida (julio 2014)

Esta tarde he vivido una situación muy curiosa. Y no es que normalmente no me sucedan cosas que llamen mi atención, pero es que lo de hoy me ha dejado reflexionando y con más de una cuestión desfilando por mi cabecita, y ya sabéis que cuando eso ocurre… Me dejo caer por aquí.

Hoy, de forma excepcional,  he utilizado un autobús para desplazarme al centro de Sabadell, la ciudad en la que vivo. Cuando estaba llegando a mi destino, he picado el botón para solicitar parada y, cuando quedaban escasos metros para llegar a ella, el conductor del autobús se ha visto obligado a frenar porque se encontraba ante un semáforo en rojo.

Casualidad o no, el autobús estaba parado frente a la puerta del edificio al que iba, justo al lado de una parada de bus que no contempla la línea que hoy he utilizado. Como ese semáforo en rojo suele prolongarse un poco, me he decidido a acercarme al conductor para pedirle, con la mejor de mis sonrisas, si sería tan amable de abrirme la puerta, aún sabiendo que no tenía por qué hacerlo.

¿Y lo ha hecho? Pues claro que no. ¿Por qué iba a ser tan amable? En lugar de considerar la idea de hacerme el favor de aprovechar nuestra ubicación me ha soltado un “aquí no puede bajarse, señora” y os garantizo que la frase aún retumba en mis oídos. Realmente no por darme una negativa (ya se sabe, las normas son las normas…), sino por eso de “señora”: yo, una chica de 31 años, que vestía con tejanos desgastados y con una camiseta multicolor acompañada de una bolsa más hippie imposible.

Ante la respuesta del conductor, pues me he girado sin más y he vuelto por donde he venido. Pero he regresado a las puertas del autocar distinta: pensando en eso de “señora” (porque sí, eso no gusta) y en la burocracia y las buenas costumbres que cada vez veo menos en mi día a día.

Mariano José de Larra, uno de mis escritores favoritos y también considerado uno de los primeros periodistas españoles, ya denunciaba a principios del siglo XIX el exceso de burocracia en la Administración de nuestro país y algunas de las malas costumbres de nuestra sociedad. Algunos de sus artículos, como por ejemplo Vuelva usted mañana y En este país, así lo demuestran.

Os animo a leer estos dos artículos cuando tengáis un momento (y si no los habéis leído antes) y podréis comprobar que en los doscientos (¡¡doscientos!!) años que han pasado desde su publicación apenas nada ha cambiado. O al menos no en el sentido que Fígaro (seudónimo con el que Larra firmó una parte de su obra) criticaba en sus textos.

Volviendo a la situación que he vivido esta tarde con el conductor del bus, me pregunto: ¿era mucho pedir que abriera la puerta? ¿Iba a perjudicar a alguien haciéndolo? ¿Alguién le hubiera interpuesto una demanda por saltarse la norma? Puedo entender que, por normativa, no pudiera hacerlo, pero, a juzgar por la expresión de su cara y el tono de su respuesta, era más que notable que tampoco quería hacerlo. Y esto sí que me preocupa más. O mejor dicho, muchísimo más.

Porque ese señor es una persona, dentro y fuera de su lugar de trabajo, y quizá él, algún día, le pida a alguien el mismo favor que le he pedido yo esta tarde. Y, muy probablemente, no le gustaría que alguien le dedicase la misma respuesta que él me ha dedicado a mí.

Recuerdo a mis abuelas y a mis tías contarme cómo compartían con sus vecin@s una parte de la comida que cocinaban en la década de los sesenta. Y aquellos tiempos no son los que tenemos ahora, no me atrevo (hoy) a valorar si son peores o mejores. Ese planteamiento os lo dejo como “deberes”. Me imagino a mi vecina o a mí misma llevando un trozo de tortilla o de pastel a alguien del barrio y no quepo en mí misma de gozo.

¿Qué ha sido de esas costumbres? ¿Por qué ya no tenemos este tipo de gestos? ¿Por qué perder hábitos que no consiguen hacer otra cosa que mejorar esto que llamamos mundo?

Seguiré pensando en todas estas preguntas, intentaré encontrar mis respuestas y te animo a intentar encontrar las tuyas. Mientras, muy dentro de mí y desde el cariño, daré las gracias al señor del autobús por recordarme cómo no quiero ser cuando me haga mayor.

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8 comentarios en “AQUÍ NO PUEDE BAJARSE, SEÑORA

  1. Vayamos por partes, como dijo Jack el destripador, jeje. En cuanto a que el tío del bus no te abriera la puerta antes de la parada, es perfectamente entendible. ¿Por qué? Pues por que si lo hiciera, tendría que actuar de esa forma con cualquiera que se lo pidiera. Podría llegar a entender que tuviera tal favor si te viera cargada como una mula, pero fuera de ahí, es totalmente razonable su proceder.

    Por otra parte, y más grave, es de lo señora. A mi me lo dijeron unos críos. Señora, no, si no señor. Y es que no puedo evitar acordarme de aquel anuncio. Te lo dejo aquí.

    ¡Un abrazo!

  2. Opino como Diego, es posible que la normativa pida que no se baje nadie en lugares que no sean la parada, por no tener que hacerlo con todo el mundo, Si eres una “señora” de 31 años, tiene más excusa aún para no hacerlo. Si fueras una abuelita de 80, quizá lo hubiera pensado mejor… pero hay maneras y maneras de decirlo. Yo no sé si te hubiera abierto la puerta o no, pero seguramente te habría tratado con más amabilidad.

    Aún así, no considero que la burocracia se lleve por delante las buenas costumbres de la gente. Una amiga mía, viajando en bus también, me contó que el conductor la acercó hasta la puerta misma de su casa, desviándose de su ruta, porque no anduviera sola dos manzanas de noche. Creo que, si un día vemos una organización ciega y cuadriculada, es porque las personas que hay detrás funcionan de igual forma. Cuando la vemos flexible (cierto es, que menos a menudo), es porque las personas responsables también lo son. Al final todo queda en relaciones humanas.

    Me queda pendiente leerme esos artículos…

    En cuanto a lo de señora, se ve que es una plaga. Cuando tenía 18 años (¡¡18!! ¡¡Una cría!!), recuerdo a unos chavales que amablemente me pidieron que les devolviera el balón, también refiriéndose a mí como “señora”… Flipé en colores. Pero en fin, cosas del lenguaje cortés obsoleto del que aún quedan resquicios…

    • Gracias, Rocío!! Precisamente gestos como el que se encontró tu amiga son los que consiguen que siga creyendo en las personas y no sabes lo que me alegra que compartas conmigo historias como ésta.

      Cuando digo burocracia al referirme a la sociedad y no a la clase política me refiero a la automatización con la que a veces parecemos convivir, siguiendo lo que nos marcan las agujas del reloj y respondiendo a lo que la sociedad espera de nosotr@s.

      Por suerte, he tenido el placer de encontrar a personas que, como tú y como yo, rehúyen a caer en ese engranaje de final anunciado.

      Un besito!

      Ali

  3. el sistema, Ali, el sistema. Es cierto, por un lado, que muchas veces nos deshumanizamos y dejamos de hacer pequeños favores que no nos cuestan nada, y mediante el cual, haríamos a alguien feliz. Yo lo noto mucho en nucleos grandes de población, Madrid, Barcelona y periferia. En lugares más pequeños, la gente sí que suele tener (En general) ese toque de hospitalidad, de altruismo, de querer ayudar…

    Hay una obra de teatro de Jose Luis Alonso de Santos (La llegada de los bárbaros) que habla mucho de lo que se está comentando aquí. Un guardia de seguridad tiene que vigilar un banco de un parque…Nadie puede sentarse. No sabe por qué, pero son las normas del sistema y hay que cumplirlas…Si se desobedece, el sistema se viene abajo. Y a partir de ahí se desarrolla la acción, porque aparece alguien que se sienta 😉

    Es cuestión de tomar riesgos o no, aunque en cosas tan livianas, creo que es cuestión de estar más o menos en sintonía con el mundo. Este señor, probablemente no lo estaba mucho.

    ya por último, lo de señora…jejeje…tómatelo como un formalismo. A mi también me sorprende (y me fastidia) cuando me lo dicen (Señor, en general) pero supongo que tendremos que ir acostumbrándonos…

    • Hola David!

      Qué alegría tenerte por aquí!! Estoy de acuerdo contigo en que en las poblaciones más “pequeñas” esta “deshumanización” a la que nos referimos no está tan presente o bien es casi inexistente.

      Siento muchísima curiosidad por la obra de teatro de la que hablas… Estoy segura de que me gustará, intentaré encontrar más información al respecto…

      Muchísimas gracias por tu comentario!! Un abrazo gigantesco!!

      Ali

  4. Hola Ali,
    Comprendo tu disgusto. Yo creo que a veces nos molesta más la forma como nos dicen las cosas que lo que nos dicen. Es el tono lo que nos irrita.
    Yo entiendo que el conductor tendrá sus normas estrictas y que no quiere exponerse a una sanción. Ellos tienen sus “mystery shopper”, que son los “compradores camuflados” que visitan tiendas enviados por el dueño para ver como se comportan sus empleados. En los servicios públicos también se usan, pero menos. ¿Imagina que tu trabajas para la Empresa de transporte y quieres comprobar si abre las puertas fuera de la parada?
    Estamos en un mundo que cada vez la gente se fía menos de la gente y este nivel de desconfianza hace un poco menos agradable la vida.
    Y no le des más vueltas a lo de “señora”. Yo creo que entrara también en su protocolo.
    Saludos

    • Hola Pipo!!

      Disgusto en sí no… Quizá algo de malestar por esa cierta desconfianza detectada en el tono y palpable en ciertos ambientes, pero vaya, su importancia es relativa.

      Como comento al inicio del post, fue una anécdota que me pareció curiosa y me hizo reflexionar, pero no es nada excesivamente relevante, ni mucho menos.

      Un abrazo!

      Ali

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