ABRIENDO EL BAÚL DE MIS RECUERDOS: REFLEXIONES A 24 HORAS DE PARTIR A GRANADA

En una calle de Sevilla... Con seis añitos...
En una calle de Sevilla…

Después de varios días pensando en todo lo que necesito para saborear al máximo los tres días que estoy a punto de disfrutar en Granada, miro mi mochila y me doy cuenta de que me acompaña mucho más de lo que cabe en ella.

El viernes a las ocho de la mañana voy a vivir un reencuentro muy esperado, voy a poder abrazar de nuevo a una de las ciudades más bellas de Andalucía y volver a perderme entre sus encantadoras calles, aquellas que guardan más de un secreto de mi infancia y que me vieron crecer, mudas de silencio, mágicas en su esencia.

Han pasado veinte años desde la última vez. No tres ni cuatro. Veinte. Ha llovido mucho desde entonces. Y cuando rememoro los momentos más importantes que he vivido en todo este tiempo me pregunto qué es lo que queda de aquella niña que se marchó para regresar a su Cataluña natal.

Aquellos fueron tiempos inocentes, tiempos en los que no importaba cuán deprisa bailaran las agujas del reloj, tiempos en los que no importaba cuánto tiempo dedicaras a preparar y lanzar bolas de nieve ni importaba nada que fuese más allá de estampas de una infancia feliz.

Por entonces no importaba si anochecía demasiado pronto ni tampoco si se hacía demasiado tarde viendo los episodios del Big Muzzy en casa de mi vecina. No importaba… En el fondo creo que no importaba nada, tan sólo el disfrutar de cada instante, de cada momento, porque eso, por aquellos tiempos, era lo que tocaba y lo que se esperaba de mí. Tenía nueve años.

Ahora, bastantes años después, me apetece volver a recuperar una parte de esa niña, aquella parte que se quedó allí. Todos dejamos huellas en aquellos lugares por los que pasamos. Y allí dejé muchos de mis recuerdos: la carretera que me acercaba a las montañas de Sierra Nevada cada tarde, la misma que cruzaba todo el pueblo en el que vivía, el colegio en el que estudié, el mismo en el que aguanté infinitas bromas pesadas por ser la nueva, la cuesta que me llevaba a mi casa…

Durante algunos instantes diversos flashes visitan a mi memoria, pero muchos de ellos se perdieron por el camino. Me preguntó si los reencontraré o si, en el fondo, permanecen escondidos en algún lugar dentro de mí. Pero lo que sí sé es que yo no quiero perderme tras ellos.

Jugando con mi querida Linda
Jugando con mi querida Linda

Aún recuerdo el olor de la crepería en la que trabajaba mi padre, en plena Sierra Nevada, y aún conservo entre los escondites de mis retinas aquellas postales con sabor a invierno en las que veía desde el sofá de mi casa asomar los primeros copos de nieve a través de los cristales, con las montañas al fondo vestidas de blanco como testigos silenciosos de aquel momento.

Y, cuando intento encontrar en mí algo de aquella niña, no hay mucho dónde escarbar. Puedo decir que era la misma que era, sólo que con algunas experiencias a mis espaldas que han conseguido que aquella jovencita de once años que se despidió de Graná se haya convertido en una mujer.

Todavía hoy se me ruboriza el alma (y también el corazón) cuando alguien que acaba de conocerme me pregunta “¿pero tú de dónde eres? Del sur, ¿no?”. Eso me ayuda a pensar que en mí hay latente algo de aquella etapa de mi vida, algo que, si alguien escarba un poco, puede conocer fácilmente, pero que, en caso de no hacerlo, puede distinguirlo entre las diferentes melodías de mi voz.

Aún recuerdo lo que sentí al presenciar el primer temblor de la tierra que me estaba viendo crecer y ver como el árbol de Navidad que había en casa se tambaleaba como la tapadera de una olla express, y también recuerdo la cara de mi doctora cuando en un mismo día tuvo que venir tres veces a visitarme a casa a propósito de mi primera insolación.

También aparecía Granada en el sobre que contenía la primera carta que Carolina, mi querida amiga de la infancia, me envió desde Matalascañas (en Huelva, donde pasé otros cuatro años de mi vida y de los que ya os hablaré en otro capítulo…) contándome que me echaba de menos. Una carta que aún conservo y de la que no tengo intención de deshacerme por nada del mundo.

Aún me emociono al leer esa carta. Y, por increíble que parezca, sigo sintiendo la misma emoción que la primera vez que la sostuve entre mis manos. Y esta es una de esas pequeñas grandes cosas de la vida que me hacen pensar que esa niña que fui sigue estando ahí, “en alguna parte, en algún buzón”, como dice el maestro Serrat en su canción Lucía.

Y, por fortuna, si en algún momento me asaltan las dudas, tengo en mi familia a dos princesitas llamadas Paula y Teresa que me recuerdan y me acercan muchísimo a aquella niña que dejé atrás hace dos décadas.

Cada vez que les leo un cuento, que me piden un masaje en los pies o que les haga cosquillas en los brazos, cada vez que nos disfrazamos con la ropa de mi abuelo, cada instante que me preguntan si existen los monstruos o cada vez que me espetan un “te quiero infinito” como infinito es el efecto de sus palabras en mi corazón, recuerdo que yo, alguna vez, en un tiempo no demasiado lejano, también fui esa niña.

La misma niña que a veces se esconde entre los espacios de cada una de las palabras que conforman este blog, pero que a veces olvida que en el juego del escondite… No siempre ganó…

Con seis añitos... Ya era una soñadora...
Con seis añitos ya era una soñadora…
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10 comentarios en “ABRIENDO EL BAÚL DE MIS RECUERDOS: REFLEXIONES A 24 HORAS DE PARTIR A GRANADA

  1. Que lindas palabras amiga!! Aun recuerdo tambien la carta que me enviastes desde Cataluña!! Habia perdido tu pista y años después, sorpresa! Te quiero xxx

    • Muchas gracias, preciosa!! Tú has sido de lo mejor de mi infancia y nunca podré demostrarte suficientemente el inmenso cariño que te tengo.

      Yo también te quiero muchísimo!! Muuuuaaaaa!!

      Ali

  2. Cariño cuantas imagenes me has hecho volver a vivir….la primera foto fue un dia en Sevilla aprovechando la visita de unos amigos y nos dimos un paseo por el Guadalquivir…que linda estas en la foto con la mirada perdida y esa carita de buena, que lo eras un rato.
    Cada foto tiene mucho texto porque las recuerdo como si fuese ayer…pero no me quiero extender.Sigue tan feliz o mas, como lo fuiste entonces.

    Te quiero hija

    Mamá

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