EL HOMBRE QUE NO SABÍA AMAR

Tras la lluvia... había algo más...
Tras la lluvia… había algo más…

Había malgastado multitud de años y de energía en intentar ser quien querían que fuese, no quien era en realidad. Siempre quería dar más, ser más, sorprender más. Tanto fue así que olvidó escucharse a sí mismo.

Se había esforzado tanto por estar a la altura de lo que se esperaba de él, que se sentía vacío. Ya no le quedaba nada que ofrecer, nada que compartir y que poder mostrar a los demás. Pero nada de eso era lo importante. Lo que realmente era significativo es que había dedicado tanto tiempo en agradar y contentar a los demás que había olvidado lo necesario que era contentar a su propia persona.

Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que se había mirado al espejo y esbozaba una sonrisa al contemplar lo que se reflejaba en él. Ya no se reconocía a sí mismo. ¿Quién era? O, mejor aún, ¿quién quería ser? Sabía que todas sus decisiones se encontraban entre los dedos de sus manos, pero se sentía tan perdido que era incapaz de ver y pensar con claridad.

En el fondo sabía que no era necesario pensar, sino que lo que debía hacer era actuar, pero… ¿Cómo hacerlo? ¿Por dónde empezar? Ya no reconocía el principio ni el final del camino. Sin embargo, veía sus propios pasos, pasos que consideraba que había dado del todo en vano.

Quería amar. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Anhelaba abrazar a alguien y sentir que nada podía estropear ese momento. Ansiaba sencillamente amar. Más allá de lo que esperasen de él, más allá de lo efímero del día a día.

Entre él y su alrededor se había alzado una torre de marfil que le impedía conectar con su entorno más cercano. Esa torre, que muy pronto se desvanecería en mil pedazos, perjudicaba su visibilidad y acceder a todo lo que quería descubrir, a todo lo que le haría sentir. Sentir de verdad.

El tiempo fue pasando lentamente, aunque, a la hora de la verdad, le hacía vivir demasiado deprisa. Pero vivía a medias. ¿Cómo iba a vivir alguien que no sentía? Eso no puede llamarse vivir. Eso es lo que se conoce como dejarse llevar por la corriente del río. Una corriente desbordada de peces muertos.

Él no quería ser un pez muerto más, ya había sido uno de ellos durante demasiado tiempo. Ahora tan sólo ansiaba recuperar aquella parte de sí mismo que lo abandonó en su infancia. Aún dudaba de si en realidad había sido él quien había abandonado a ella, aunque eso en ese momento importaba bien poco ya.

La angustia le consumía y le llevaba a seguir malgastando sus fuerzas en superficialidades y distracciones que no le hacían feliz. Sabía que necesitaba más y que debía bajar el telón y colgar el cartel de “fin” en el borde del escenario. Sabía que si no lo hacía sería él quien se desbordaría. O quizá ya lo estaba.

Hasta que llegó ella. Un ser tan repleto de luz que era capaz de deslumbrar los rayos de cualquier nuevo día. Y es que el nuevo día llegó con ella.

Ella, con su dulzura y su paciencia, llegó para no abandonarle más, contagiando con su luz cada rincón escondido y perdido de su mente. Ella vio en él algo diferente y quiso compartir con él su mayor regalo: la emoción.

Aunque al principio él no estaba seguro de si debía aceptar un presente así, cerró los ojos y decidió confiar. Confiar en ella, en él y en todo lo que el universo quisiera brindarle en su camino.

Siguió lidiando con algunas piedras, pero no le importaba. Se sentía más feliz de lo que había sido nunca y, por encima de todo, sabía que no estaba solo. Ella sujetaba su mano y le había asegurado que no le abandonaría jamás. Le amaba por encima de todas sus diferencias y sabía que él era su asunto pendiente, aunque jamás se lo reveló. Él no estaba preparado para entenderlo.

Lentamente pero con una fuerza capaz de frenar a un tornado, el amor fue llenando de vida y color todos  sus pensamientos, todo su ser, todos y cada uno de esos días. Cada vez que sus miradas se intercambiaban el mundo quedaba paralizado por un instante para ceder paso a todo ese sentimiento. Se trataba de algo único en la vida, algo tan inmenso que conseguía hacerle soñar.

Tan inmenso que consiguió que no tuviera miedo a sentir.

Ella le había enseñado a amar… Ahora… ¿Qué podía enseñarle él?

Un buen día, mientras veían las nubes pasar y se vestían a caricias bajo los rayos de sol de una tarde de primavera, él la miró fijamente y le dijo “eres amor”. Ella le dedicó su sonrisa más sincera. “Tú también”, le respondió.

Y entonces… Se fundieron en el abrazo más eterno que pudiera imaginarse. Un abrazo que perduraría por siempre y que siempre les mantendría unidos.

Porque entonces él entendió que en realidad siempre había sabido amar… Tan sólo necesitaba a alguien que le dejase hacerlo…

Post dedicado especialmente a mi amigo P.N.

Gracias a mi amigo Javi, quien me sirvió de modelo para la foto en cabecera.

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12 comentarios en “EL HOMBRE QUE NO SABÍA AMAR

  1. Sinceramente emotivo y absolutamente de sensaciones indescriptibles. Me ha llegado al corazón ciertamente. Saludos desde Lima, Perú.

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