ALGUNAS LECCIONES QUE APRENDÍ A 2.500 METROS DE ALTURA

PirineosHace un mes compartí un viaje muy especial con un buen amigo por el Valle de Camprodon, un entorno natural de grandísima belleza situado en el Pirineo catalán.

Durante nuestra estancia allí decidimos hacer una ruta a pie desde la estación de esquí Vallter 2000 hasta el lugar de nacimiento del río Ter. En total hicimos un recorrido de algo más de tres kilómetros y medio, y te puedo asegurar que, a pesar de su corta longitud en comparación con otros senderos, cada uno de los centímetros que avancé durante ese inolvidable recorrido dieron para mucho. Y eso es justo de lo que voy a hablarte en el post de hoy.

No sé si te pasará a ti, pero en mi caso puedo decirte que cuando más conectada me siento conmigo misma es cuando estoy rodeada de naturaleza. En esas circunstancias es cuando más armónica me siento, mi cuerpo y mi mente más se relajan y aprovecho para reflexionar acerca de los temas más importantes para mí.

En este sentido, el viaje que hice el pasado mes de agosto fue un poco diferente porque, no sólo mi ser respondió del modo habitual al tomar más contacto con la Madre Tierra, sino que fue más consciente que nunca de algunos hechos y, por si fuera poco, la vida decidió ponerme por delante algunas lecciones.

El punto más álgido que alcanzamos durante el sendero que recorrimos por los Pirineos superaba los 2.500 metros de altura y estas fueron algunas de las lecciones que aprendí mientras sentí una parte del mundo bajo mis pies:

1/ NUESTRA MAYOR FUERZA LIMITADORA ES NUESTRA PROPIA MENTE

Como te conté hace algunos meses en este artículo, hace varios años tuve dos accidentes que me dejaron algunas secuelas en la rodilla izquierda. Aunque han pasado muchos años desde mi operación y mi calidad de vida ha mejorado mucho desde entonces, todavía hoy a menudo siento muchas molestias que me frenan a la hora de realizar algunas actividades de mayor esfuerzo físico.

Aunque el sendero que tomamos hace un mes no era de gran dificultad, sí que incorporaba algunos tramos de mayor desnivel y, en algunas de sus partes, el terreno era especialmente resbaladizo, lo que me suponía hacer el doble de esfuerzo para no caerme y salir rodando montaña abajo.

Cuando ya llevaba casi dos horas caminando y al no notar atisbo de que nuestra meta estaba próxima, mi inseguridad y el miedo a lesionarme me animaron en más de un momento a poner fin a mi camino y a dar marcha atrás.

Pero… Entonces sucedió algo maravilloso dentro de mí. En lugar de enfocarme en lo que podía pasar, comencé a centrarme en lo que realmente estaba sucediendo y no era menos que estaba aguantando bien a pesar de todo, que estaba disfrutando de un paisaje realmente impresionante y que ya sólo me quedaba destinar un último esfuerzo para llegar al punto que queríamos llegar.

¿Me iba a rendir tan cerca del objetivo? Por supuesto que no, ¡ni hablar!

Justo en ese momento de horas bajas, apareció un montañista que se acercó a nosotros para preguntarnos por el mismo punto que íbamos buscando. Él había dejado a su familia cientos de metros más abajo y los tres caminábamos en la misma dirección. No encontrábamos señales, nos sentíamos cansados y la calor comenzaba a azotar fuerte, pero teníamos claro que queríamos llegar hasta el “final”.

Siendo tres y uniendo fuerzas, decidimos seguir adelante. Nos habíamos desviado un poco del camino marcado, por lo que tuvimos que atravesar con precaución unas rocas que desafiaban nuestra resistencia.

Entonces el montañista se quedó a varios metros detrás de mí. Y entonces fue cuando escuché: “creo que me voy a dar la vuelta, no puedo más”. Al escucharle paré en seco. Fue como un tremendo despertar. Me giré, le miré fijamente y le dije “si yo he podido llegar hasta aquí, créeme que tú también”. Era más que evidente que su condición física era mucho mejor que la mía.

Me miró perplejo y no murmuró palabra. Juntos seguimos caminando.

Y parece que el universo nos escuchó porque, justo unos minutos después, ya atisbamos el que podía ser nuestro destino. Un brillo especial se instaló en nuestros ojos y agilizamos nuestra marcha para despejar cuanto antes nuestras dudas: ¿era eso que estábamos viendo lo que andábamos buscando?

Efectivamente. En unos minutos llegamos a nuestro destino, al punto que nos había retado, al lugar que deseábamos llegar. Una alegría y satisfacción infinitas se apoderaron de nosotros, ¡y la emoción también!

Después de merodear por los alrededores del nacimiento del río Ter y de tomar algunas fotos, el montañista se despidió de nosotros, visiblemente emocionado y agradecido. Mientras se distanciaba, me despedí de él con la mirada, creyendo más que nunca que las casualidades no existen.

Y fue en ese momento cuando comprendí que LA ACTITUD ES NUESTRA MEJOR ALIADA. Cuando creas que no te quedan fuerzas ni nada a lo que acogerte, te animo a que recuerdes que te tienes a ti y que, sin duda alguna, tú eres un ser fuerte repleto de energía, de más de la que seguramente eres consciente.

Yo aprendí una gran lección el 6 de agosto de 2016. Me creí incapaz, pero fui muy capaz. Tanto, que conseguí lo que me propuse. Y esta fue una parte de la recompensa:

Ulldeter2/ SOMOS MUY VULNERABLES ANTE LOS CAPRICHOS DE LA NATURALEZA

A medida que iba adentrándome más entre las montañas pirenaicas, más pequeñita me sentía. Era tal la inmensidad de lo que sentía a mi alrededor que me resultaba inevitable pensar que en ese momento la naturaleza podía hacer prácticamente lo que quisiera conmigo.

No quiero que pienses que me gusta ponerme melodramática, pero sí debo confesarte que me gusta admitir la realidad. Tanto si está a mi favor como si no.

Y aquel día de agosto, mientras sentía la fuerza y el frescor del viento acariciando mis piernas y alborotándome el pelo, me di cuenta de lo infinitamente diminuta que soy ante la grandeza de esto que llamamos mundo. Y la verdad, creo que es positivo no perder de vista esta idea y regalar algo de humildad a nuestros pasos.

Ayer por la tarde, mientras veía Pocahontas (sí, no te rías de mí, o ríete si quieres -¿por qué no?-, cuando me apetece disfrutar de un buen domingo en casa, a veces recurro a los clásicos de Disney…) este pensamiento volvió a mi mente mientras disfrutaba de esta escena de la película:

Creo que los mensajes que recoge esta escena son bastante compatibles a la idea que quería transmitirte.

Muchas veces caminamos por el mundo creyendo que todo nos pertenece, que podemos tratar a este planeta como si fuera el contenedor de nuestra propia basura, cargándonos toda su belleza y atentando contra las especies que conviven con nosotros.

Cuando nos comportamos así es precisamente cuando creo que demostramos más nuestra vulnerabilidad, intentando imponer nuestra grandeza mal entendida en un mundo que no nos pertenece, pero del cual formamos parte.

¿No te parece irónico y lamentable? A mí sí, te lo aseguro.

3/ LA FELICIDAD NO SE MIDE EN BIENES MATERIALES

Imagino que no es la primera vez que lees sobre esto y que muy probablemente ya te lo habrás planteado alguna vez. De no ser así con toda seguridad no estarías leyendo este blog.

Más que lección, esta es otra de las ideas que una y otra vez regresan a mi pensamiento cuando me cuelgo la mochila al hombro y me pierdo entre la naturaleza. Cuando menos rodeada de objetos y bienes materiales estoy, mucho mejor me siento, conmigo misma y con la vida que he decidido llevar.

Y oye, no juzgo a quien no opine como yo, cada cual es libre de opinar lo que quiera y de ser feliz con y cómo le apetezca, sólo faltaría.

Lo que quiero expresarte es que me he dado cuenta de que lo que yo entiendo por felicidad no se mide según la dimensión de la casa que tenga, ni según el tipo de coche que tenga aparcado en la puerta, ni según lo cara o barata que sea la ropa que me pongo.

Puede haber bienes materiales que quizá puedan proporcionarme bienestar, eso no lo voy a negar, puede que las sensaciones que me transmite el poder disfrutar de esos bienes me encanten y las necesite para sentirme mejor, pero de ahí a decir que sean el fundamento de mi felicidad hay todo un abismo. Y muy grande.

Tal como estaba hace un mes, disfrutando de la montaña, con una mochila diminuta con lo indispensable, cómoda con mi ropa deportiva y compartiendo momentos especiales con alguien que me importa es mucho más de lo que podría pedir para sentirme feliz. Y, por ello, me siento agradecida a la vida por darme la oportunidad de disfrutar de experiencias que entiendo inolvidables.

Por supuesto, las horas que pasé entre las montañas de los Pirineos dieron para mucho mucho mucho más, pero daría para otro post y hoy no quiero abusar de tu tiempo ni de la generosidad que demuestras al leerme.

Aprovecho para adelantarte que PRONTO VENDRÁN NOVEDADES MUY IMPORTANTES que sin duda alguna afectarán a este blog y a quienes me seguís la pista. Compartiré contigo más información llegado el momento.

Mientras tanto, ¿qué me cuentas de ti? ¿Es importante para ti relacionarte con la naturaleza? ¿Te animas a contarme lo que has aprendido conviviendo con ella? Recuerda que, si te ha gustado este artículo, me haces un gran favor compartiéndolo en tus redes sociales para que mis aprendizajes lleguen a más personas. ¡Muchas gracias!

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2 comentarios en “ALGUNAS LECCIONES QUE APRENDÍ A 2.500 METROS DE ALTURA

  1. El punto número 1 es tan importante que daría para escribir libros. Está claro que pensamos igual, pero en mi caso no siempre fue así, por lo que animo a los que lean este post a que reflexionen sobre el tema y crean en ese punto. Aunque no lo veáis es una verdad esencial.

    Diría muchas cosas de este post, pero no me extenderé. Solo reflexionar sobre que tienen las montañas que nos hacen ver los grises de nuestra vida de un tono más claro y a veces incluso nos los aclara por completo. Yo pensaba que en mi era lógico al ser isleño. La montaña es un cambio. Pero veo que ese efecto es común a casi todos. Y la única respuesta es que en la montaña la naturaleza está menos invadida por el hombre. La naturaleza es más esencial y aunque no lo crean algunos forma parte de nosotros.

    Gracias de nuevo Ali.

    • Muchísimas gracias por compartir tu reflexión, Pedro.

      Como dices, y al menos en mi caso, la montaña aporta mucha claridad y perspectiva ante muchos aspectos de la vida. Y es un elemento fantástico y útil a la hora de relativizar.

      Como sé que hace poco que aterrizaste en la península, me voy a permitir recomendarte que, cuando puedas, intentes conocer el Valle de Aran. Es uno de los lugares más maravillosos que conozco para despejar la mente y reconectar con uno mismo.

      Estoy convencida de que lo sabrías disfrutar.

      Un fuerte abrazo!

      Ali

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